viernes, 30 de marzo de 2018

Marimba” (yo quiero un mundo…otro)


 Lo cuento porque tengo un testigo de primera mano, y mientras estemos vivos no me dejará mentir: José Luis Ozuna Molina. Lo cuento también porque terminamos en su casa, alegres, felices de borrachos bebiendo a sus costillas.

Horas antes, en la ciudad mágica de Chiapa de Corzo Jorge Bocannera, Juan Felipe Robledo Cadavid, Cheluis y YoMeroMaromero estábamos discutiendo sobre dónde se ven los atardeceres más espectaculares. En el restaurante la música de marimba no paraba. Una tras otra, a mansalva. Nos servimos casi de todo. No había necesidad de comer fuera, porque el hotel cubría las necesidades más apremiantes de los dos poetas, sin embargo el motivo lo ameritaba: habían ungido a Cheluis de director. La tercera en discordia era Natalia Toledo, que no llegaría sino hasta el día siguiente.

            Les contaba que en Chiapa de Corzo nos servimos cuanta ricura gastronómica encontramos. También bebimos cervezas y una marimba nos agasajó con las piezas más chipocludas de la región. Jorge nos contó del exilio, de su vida clandestina en el barrio bravo de Tepito, donde “jugaba fútbol con los del barrio, entre las carpas del tianguis”, nos dijo. Juan Felipe buscaba y rebuscaba en una antología que antes nos había obsequiado el poeta de Bahía Blanca, hasta que halló lo que quería. Nos pidió atención para leer “Marimba”. Leyó a lo colombiano, emotivo, cercano. Jorge Boccanera no pudo evitar las lágrimas. A Cheluis y a mí nos coyoleaban los ojos. Había sido una lectura irrepetible de un poema poderoso.

Se nos había calentado no solo el corazón, sino también el hocico, de ahí que decidiéramos culminar el día en casa de Cheluis. ¿Qué van a beber? Preguntó el contador, seguro del contenido de su cava. Cada uno pidió a su antojo y a cada uno le fue concedido su deseo.  Bebimos, recitamos poemas, cantamos, escuchamos tangos y decidimos que a Neruda no podría tocarlo nadie nunca.

Me animé a contarle a Jorge Boccanera que alguna vez, a finales de los ochenta, compré un libro suyo a un costado de la catedral de San Marcos. Me aprendí de memoria algunos poemas y después me atreví a ponerle música a uno de ellos. Boccanera me veía, incrédulo. “Cantala”, me dijo. Canté un poco: Yo no quiero una carta a media luz, ni un abrazo que me diga que te vas, pero te quedas. El poeta me vio, condescendiente, me dijo que era buena para ser de un poema tan doloroso y que ya antes le habían cantado otros sus textos, por ejemplo, Silvio Rodríguez, y nos dijo que su padre había sido un destacado compositor de tangos, dicho lo anterior, se puso a cantar.

Para mí fue cerrar un círculo. La edición que compré en aquel entonces era sencilla y, si me apuran, pirata. No había foto ni reseña del autor. Yo había recitado esos versos durante años y esa noche estaba con quien los había pergeñado. Estaba compartiendo no solo poesía, sino humanidad. Veinte años transcurridos desde aquella tarde hasta esa noche para  hallarme con alguien admirado. Me considero un afortunado porque he convivido con personas que admiro, en distintos ámbitos.

¿No conocen Marimba, de Jorge Boccanera? Faltaba menos… se los comparto:




Marimba



Este es un poema tirado por caballos.

Voy de pie / voy aullando

una palabra brilla sobre mi lengua seca, polvorienta

quiere trazar sus círculos concéntricos en un agua que cante

¡arre caballos!

llevo “todo el hocico en llamas como un feroz ladrido” (bendito Mallarmé)

Yo soy el payador sobre cubierta

apretando una viola frente a la ciudad en ruinas

dejen libre la calle, ¡no canto porque sí!

yo busco un mundo / otro

yo no enumero la cristalería

quiero hacerla pedazos



Este es un poema tirado por caballos

vean arder mi látigo sobre el viejo tambor de la poesía

háganse a un lado...

cargo un espinazo,

un fósil atado con alambre,

un enfermo de amor,

una huesera al rojo vivo,

una tumba de besos al fondo de mi carne

con este poema vago / divago / briago



yo payador, las riendas, el párpado a los tumbos

¿equivocado?

como el que abrió un paraguas que el sol derribó a besos

como el ciego que jura por la luz que lo alumbra

¡a contrapelo vamos!

volando

¿acaso alguien vio un sueño tirado por caballos?

¿un tatuaje en el muslo que arrastran por el cielo?

ahora se puede ver

no hay imposibles en el vértigo de una cama de bronce

(tirada por caballos)

donde salo tu carne de mujer



¡arre malditos vamos!

agiten sus collares de sangre

llevo espuma en la boca,

una navaja en cada mano llevo,

hilachas de otro rostro ganadas con sudor,

y un anzuelo de plumas,

y un as de pocas pulgas

yo quiero un mundo / ¡otro!



Este es un poema tirado por caballos

este es el payador sobre cubierta

el espectáculo de la persecución estalla

y vienen ya las aves de rapiña,

y las aletas de los tiburones,

y asoma la lava del volcán,

y un derrumbe de piedras con el rostro de aquella...

por eso ¡arre caballos!

hay que apretar el paso,

yo espuelas, yo cananas, yo polainas, yo arenga

atravesando sueños que se anudan en amargas regiones,

osamentas de voces de bruces en la tierra



el paisaje / el lenguaje

(no hay quien tome nota de esta respiración agitada)



cerca del carromato se agrietaron las calles.

Nos sigue un ulular...

nos embiste lo incierto

(en el paquete del futuro no hallarás más que una muleta)



¡no entienden que yo quiero un mundo / otro!

yo cabriola,

yo baile,

yo marimba,

yo quiero el poema planeando sobre mi cabeza

mi cuello en libertad



Este es un poema tirado por caballos,

van mis muertos aquí

sus huesos hablan con el frío

este es el payador sobre cubierta

sobre sus ojos una ciudad en ruinas

alguna vez su lengua fue un pedazo de trapo

frente al cuerpo de la belleza

ahora quiere cantar

y dice

y grita

¡que nadie se me cruce...!

voy alerta, de pie, pañuelo rojo

funyi / cuchillo / banderola

atravesando sedas que se recuerdan en una antigua danza

ángeles de chatarra engominados

cortinados movidos por un guante vacío

... y una cifra tristísima de gente que no está



yo soy el payador sobre cubierta

“mis versos van revueltos y encendidos como mi corazón”

debo enterrar palabras en el fuego,

urge que entregue un par de cartas,

urge que llegue a un mitin,

debo entonar un himno,

urge que escuche a mi hijo su primera palabra

cuando Yazmín, lo abriga con sus plumas de asombro



no quiero la palabra saciada de sí misma

ni la verdad dorada, donde no cruje un pájaro

no quiero almacenar saliva,

ni la tos delicada que recoje su aplauso

quiero besar el caos

los escombros del cielo no me dan de beber



yo soy el payador que quiere un mundo / otro

y busca en el polvo del poema, acaso una respiración inútil, boca a boca

quizás un vaso de sangre donde no quepa ni una sola gota de miedo

así de día / tantos días que abro los ojos en el barro



¿huir de este poema?

¿arrojarme al vacío?

¿tirarme por la borda?

¿en los brazos de quién?

¿de qué supuesta pureza?

¿en qué animal de signos que no sea este relámpago?



el lenguaje / el paisaje.



¡No me muevo de aquí!

Va echando chispas este sueño

vi desfilar al miedo / la infamia / el verso flaco,

los ojos van vendados debajo de los ojos,

la boca amordazada debajo de la boca y una lengua estaqueada a mitad del silencio



yo soy el payador sobre cubierta

¡no canto porque sí !

porque tal vez humeando entré a la vida



Este es un poema tirado por caballos

cruza bajo los grandes árboles de la historia

entre los delicados gestos de los mortales

voy de pie / voy aullando



yo quiero un mundo / ¡éste!

yo me quito el sombrero

¡buenos días señora del placer!

¡arrabales salvajes / buenos días!.

martes, 13 de marzo de 2018

Un circo


Hace horas descubrí una pequeña fotografía de mi MiniMí, embelesado, viendo no sé qué en un circo de los Atayde. Recuerdo ese momento, fue una foto a mansalva, sin previo aviso y con el flash a tope. A la salida me esperaba la fotógrafa, impune, con el rostro de MiniMí dentro de un llavero de plástico. “Son cuarenta pesos”, me dijo. No discutí el precio. Estaba en un circo.

De niño me atraían demasiado los circos. Conocer a los payasos era divertidísimo y los trapecios y sus malabares, una emoción diferente. Ver a los caballos u otros animales hacer algún truco no me atraía tanto, quizá porque veía animales desde niño en el pueblo de mis abuelos. ¿Qué de maravilloso tenía un caballo saltando cubos de madera? Los leones y tigres tampoco, y no porque también los viera seguido en el pueblo, sino porque siempre estaban, o dentro de una jaula, o fuera de ella, pero encadenados. Conocí en Tuxtla el circo de Capulina (por ahí debe andar una foto del buen Capulina, autografiada), de Cepillín, de La Chilindrina, entre otros. Debo de agradecer a mis tíos el haberme llevado al circo.

Pero lo mejor me sucedió en aquellas largas vacaciones escolares, en el pueblo. Justo detrás de la casa de mis abuelos se comenzó a instalar un circo. Yo lo imaginé enorme, iluminado, con todo lo que ya conocía de ellos. Descendí por “la bajadona” (una calle empinada)  para ver el armado. En realidad no era tan grande, más bien pequeño. Por primera vez conocía un circo “de media carpa”. Tal cual. Estaba literalmente partido por la mitad.

Supe que estarían una semana en el pueblo, y después se marcharían. Fui con mis primos el día del estreno, y no encontré nada especial. No hubo trapecistas, solo una mujer que caminaba por una cuerda floja, que estaba a un metro del suelo; un domador asustando a una pareja de felinos más flacos que “Colillo”, nuestro perro; un caballo enano, dando vueltas en la media pista del medio circo, con niños encima. Fue el payaso (muy parecido al domador) quien salvó la noche, no solo por su rutina cómica, sino por sus malabares con el trompo. ¡Qué cosa! Quedé encantado.

A la mañana siguiente estaba afuera del circo, trompo en mano, queriendo conocer al señor payaso. No sé qué cara me vieron, pero me invitaron a estar con ellos. En un par de días hice amistad con los hijos del señor payaso y la señora cuerdafloja. Aprendí a levantar el trompo con el cordel y cacharlo con la palma o con el hombro. Aprendí también a “pasearlo” de un lado a otro del cordel y a lanzarlo y cacharlo sin que tocara el suelo. Me sentía realizado. Veía mi futuro ligado al circo… aunque fuera de media carpa. Tenía el dedo morado de tanto lanzar el trompo, porque me había dicho el señor payaso que la práctica hacía al maestro.

En uno de tantos ensayos escuché la plática entre mi abuela y mi tía, quienes comentaban sobre la extraña desaparición de perros y gatos en el pueblo. Temí por nuestro querido “Colillo”, que era un perro “eléctrico” pero adorable, obediente y buen guardián de la casa. Me fui al parque y justo debajo del busto de Emiliano Zapata, mis amigos comentaban que no solo estaban desapareciendo gatos y perros, sino también marranos. ¿Sospechosos? Adivinó: El circo de media carpa.

A la mañana siguiente bajé a buscar al señor payaso y a la señora cuerdafloja, pero solo encontré el olor de los leones. Mucho se dijo después, pero no me importó. Yo había sido feliz.

Las vacaciones terminaron y regresé al barrio del Niño de Atocha con nuevos trucos, actos que eran mero entretenimiento antes de comenzar la verdadera batalla por sacar trompos de la olla, picarlos con furia y hacerlos zumbar, imponentes, después de partir en dos a un contrincante.

jueves, 22 de febrero de 2018

Un mundo nos vigila

El patio de mi casa es particular, y no me refiero a la ronda infantil. Es algo más complejo. Sucede que me levanto temprano…casi de madrugada, y me da por salir al patio a disfrutar de la noche estrellada (cuando hay cielo despejado). Disfruto viendo las constelaciones y planetas. Aunque de vez en vez alguna de las estrellas de dichas constelaciones se mueva, o se mueva un planeta. ¿Y qué tiene de espectacular? Dirá usted. El universo está en constante expansión, ¿verdad? También se preguntará usted cómo diferencio una estrella de un planeta. Para estas y otras interrogantes le digo lo que decía Jack El Destripador: “Vamos por partes”.

Una estrella se diferencia de un planeta por su brillo. Mientras una estrella titila (“parpadea”), un planeta no. Las estrellas tienen luz propia (arden), y el mejor ejemplo lo tenemos en la estrella más cercana: el sol. Los planetas reflejan la luz del sol, de ahí que se pueda ver a Mercurio, Venus, Marte, Júpiter o Saturno (la luna también, obvi), a simple vista. ¿Ya me puse aburrido? No se desespere, recuerde que vamos por partes.

Desde que llegué al territorio libre de los hijos de la Escocia chiapacorceña (hace siete años) me asomo al patio de mi casa, que es particular, porque no solo goza de una bóveda celeste magnífica, sino de fenómenos aéreos que más de uno me ha dicho son satélites o la estación espacial, o avionetas… o “avionotes”, dijera un mi vecino C.P.M. (el aeropuerto está a treinta minutos de mi casa), o mariguanadas mías producto de la edad, del exceso de carbohidratos o de la falta de feisbuc. ¿Y qué he visto?

Durante estos años han cruzado sobre mi patio esferas blancas volando entre las nubes; también triángulos color naranja, de sur a norte, no en vuelo recto sino curvo, a una velocidad que ya quisiera una avioneta o avión comercial; esferas color verde (eviten la chacota partidista); puntos brillantes “saltando” de una constelación a otra, a diestra y siniestra; conjuntos de esferas brillantísimas, volando y separándose de golpe en sentidos opuestos para luego apagarse; apariciones repentinas en el cielo de puntos luminosos que luego se van ensanchando, veloces, fulgurantes, para luego desaparecer sin dejar rastro.

Y no soy el único que los ha visto. De muchos testimonios está el de mi vecina, que tiene una tienda de abarrotes, y de vez en vez se sienta en su sillón, y cabecea. En una de esas, a las tres o cuatro de la tarde, fui a comprar. Hallé la puerta entrecerrada. Toqué y me contestó mi vecina, asustada. ¿Es usted, vecino? Dije que sí. Entonces asomó el cuerpo mirando sobre mis hombros. Iba a pedir algo cuando me atajó: Vecino, estaba yo cabeceando acá en el sillón, y a lo lejos vi algo en forma de lenteja color plata, que se bamboleaba como si se fuera a caer. De hecho decía yo, se va a caer, se va a caer, y creí que estaba soñando. Fijé mejor la vista y vi que se movía hacia acá, porque se iba haciendo más grande. Le juro que hasta escuché que zumbaba. Estaba casi a la altura de la antena (hay una antena con estrobo, para referencia de las aeronaves que se acercan al aeropuerto). Abrí los ojos y pude ver mejor a la cosa esa, que lanzaba destellos brillantes y se hacía cada vez más grande. Sentí que venía hacia mí, entonces me entró un presentimiento horrible y me encerré.

Hay quienes los han visto por las mañanas, pero son los menos. Otros por las tardes, y la mayoría por la noche. Las formas han sido varias y variadas. Triangulares, esféricos,  ovalados, discoidales, cilíndricos, entre otros que no alcanzan a ser definidos.

En estos últimos días, entre cuatro y las cinco de la mañana, han sido frecuentes los vuelos de estos objetos sobre mi barrio. Desconocemos la altura a la que vuelan porque desconocemos sus tamaños. De vez en vez cruzan aviones, que se distinguen porque vuelan bajo, acercándose al aeropuerto, y tienen las luces características roja y blanca, de estrobo. ¿Qué son? Pues objetos voladores no identificados (favor de no chacotear con alienígenas ancestrales ni teorías de antiguos astronautas... esto es serio).

Insisto, el patio de mi casa es particular, y no exagero. A estas alturas es justo que pida usted pruebas de lo que decimos, pero por desgracia no hay ningún registro. Solo sé decir que estamos cerca del Cañón del Sumidero y del Río Grande. Si usted vive fuera del territorio libre de los hijos de la Escocia chiapacorceña, levántese temprano o desvélese, y mire hacia el noroeste, rumbo a las referencias que le digo. Con suerte usted también pueda ver lo que yo, desde su patio… Por mejores cielos.

martes, 13 de febrero de 2018

¡Cómo no te voy a querer!


Una mañana (muy de mañana) nos apersonamos mi padrino César y YoMeroMaromero en una escuela que se hace llamar "territorio UNAM". Mi padrino y yo, Pumas honoris causa (cualquier semejanza con otros honoris causa, es mera coincidencia), asistimos con gusto a la Concha Acústica, para conocer a chicos y chicas de preparatoria y para hablar de literatura, y de la importancia de los círculos de lectura en las escuelas.

Fiel a mi mala costumbre, llegué media hora antes para reconocer el terreno, consejo de mi general Pancho Villa quien, dicen que dijo alguna vez: "Aquel que no conoce el terreno que pisa, o es el enemigo, o es un pendejo". Y no niego ser pendejo, aunque inteligente, porque ser pendejo-pendejo está cabrón.

Me senté en la banca de la entrada, saqué una hoja y me dispuse a elaborar un pajarito de papel. Origami le dicen unos, otros Papiroflexia; yo le digo Magia. Sentado ahí vi cruzar (a una distancia de medio metro) a veintitantos alumnos y alumnas en un lapso de veinte minutos. De todos ellos solo cuatro dijeron "Buenos días". "Curioso", me dije. La educación en casa sufre de una grave crisis. Lo constaté cuando un señor bajó a dejar a su crío, sin despedirse de él, llegando hasta el medio metro de donde estaba yo sin voltear a verme siquiera, y miren que soy difícil de no ver.

Una de nuestras anfitrionas apareció para guiarnos hasta el lugar preciso. Resultó que el dichoso espacio al aire libre está en la cima del colegio, desde donde se ve el absurdo crecimiento de la ciudad idiota. Y allá fuimos mi padrino y yo, escalón por escalón, curiosos. Después de la primer tanda y algunos respiros urgentes, divisamos una enorme águila con las alas abiertas, mirando al norte. La estilizada figura tiene las características de la llamada Aguila Real, que son precisamente del norte. ¿Mira hacía su terruño? ¿Extraña el cielo del norte? Se preguntará acaso ¿Qué chingados hago acá, en territorio de la UNAM, donde hay huellas de Puma por todos lados? ¿Estoy muy al sur? ¿Me habrán confundido con mi pariente, el Águila Arpía?

Nos dimos a la tarea de preguntar, sin importarnos parecer pendejos. Uno a uno fueron contestando "No lo sé... quién sabe... a lo mejor... puede ser que... ni idea...". "Qué curioso!", me dije. Mi padrino y yo comenzamos la tanda de especulaciones, y en esas estábamos, cuando escuchamos cerca de nosotros la frase: "¡Cara de Guatemalteco!", dicha por muchacho, en tono de insulto, lo que resultó más curioso para nosotros.

En el barrio del Niño de Atocha nos decíamos "Carota'e caite"... "Carota'e mi coyol"... "Carota'e culo", entre otras linduras. Pero, ¿cara de Guatemalteco? Tengo entrañables amigos y amigas de Guatemala, país hermano y de cercanía no solo geográfica, sino cultural. El intrépido muchacho por supuesto ignora que Chiapas fue territorio Guatemalteco, hasta el 14 de septiembre de 1824, cuando decidió anexarse a la república mexicana luego de marchas y contra marchas políticas. El monumento que representa ese acontecimiento de la historia de Chiapas se encuentra en... no se lo diré, pero sé que lo ha visto muchas veces y hasta se ha sentado cerca. ¿No es curioso?

Los buenos modales, los símbolos y los gentilicios, son tres curiosidades que van ligadas con la lectura, porque como ya he mencionado en otras entradas, no solo se lee con los ojos, se lee también con el olfato, el oído, el tacto y el gusto. Los buenos modales se "leen" en casa, se aprenden y se ejercen. La escuela enseña lo académico, las ciencias naturales y sociales, por decir una generalidad. No basta con ser alfabetizados, hace falta ser Lectores Letrados, ciudadanos críticos, que hagan de esa ciudadanía un ejercicio y no un concepto, para dejar la indiferencia a un lado, que está haciendo de México un país macabramente surrealista.

Por mejores lectores...

lunes, 29 de enero de 2018

Mujer de magia negra


Deambulo por las frías calles de San Cristóbal de Las Casas. Busco ámbar, debo confiar en mi instinto, así que me esfuerzo en "sentir" el llamado de esa voz antigua. ¿Y para qué quiero el ámbar? Para poner la primera barrera contra un inminente amarre vaticinado por una bruja blanca.

"Ten cuidado, es magia negra", me advirtió.

Dice que es el despropósito de una mujer a la que este gordo achacoso le llena el ojo. Varios amigos bien intencionados me han atiborrado el guasap con recetas, conjuros, y contraconjuros, modernos nigromantes que se asustan por mí, y hasta me compadecen. Desde aquella noche de la videncia tengo una sonrisa de oreja a oreja en la jeta. ¿Y por qué tan risueño?, me cuestionan. Entonces le cuento a quienes me preguntan... y también a quienes no lo hacen. Al vendedor de agua, a mis amigos, vecinos, a compañeros profesores en medio de una charla sobre lectura y lectores, al taxista, a mi corazón eterno de abril... a quien se deje. ¿Por qué lo hago? Porque al hacerlo de todos se vuelve de nadie, igual que un incendio, que nunca tiene dueño.

También me dijo que muchos son los que me envidian, de manera particular dos hombres a quienes, de pilón, no les simpatizo.

"¡Cuídate del hombre de edad madura!"

¿Envidia? Lo pienso y repienso y no encuentro algo digno de tal pecado. Me desprendo de mí mismo, me miro y tampoco hallo algo merecedor de tal tirria. Soy feo, calvo, obeso, miope y astigmático. No tengo auto ni joyas, ni tarjetas de crédito bancarias o departamentales. Visto lo que me calza, ecléctico. No soy "treidintopic" ni "influencer", menos estrella grupera o ídolo deportivo. Habito una casa que adedudo al Infonavit, en una zona "roja". No tengo pantallas planas, solo dos televisores que pesan una barbaridad, y que suenan igual a un bong asiático cada vez que las enciendo, donde poco a poco van apareciendo las imágenes en tonos que van del verde al violeta, hasta emparejar la paleta de colores que tanta fama les diera el siglo pasado. Mi estufa es ordinaria, y el refrigerador es un cacharro que suena cual si fuera una planta de luz.

Dijo la bruja blanca que soy confiado (¿bobo?... ¿pendejo?) y que le cuento mis planes y proyectos a cualquiera, poniendo en riesgo su realización. Algo de verdad hay en eso, pero... ¿qué planes tengo que otros puedan envidiar, que los anime a un saotaje?... ¿Ser feliz? Lo dudo. Hasta donde veo, ¡todos son felices! Lo anuncian en redes sociales, y lo avalan con fotografías donde aparecen sonrientes. "Selfis" acá, allá y acullá. ¡Qué alegría!

En mi caso, conozco bien el rumbo de mis tristezas, y bien sabido tengo que la felicidad es algo efímero, y que se encuentra en las pequeñas cosas. Mi circunstancia, comparada con los felices las veinticuatro horas del día, no es envidiable.

Lo cierto es que la mayor parte del tiempo estoy ocupado alrededor de mis pocas cosas. Trato de disfrutar el paisaje y a ratos me deprimo y me refugio en otras historias, donde me hago preguntas que de antemano sé no tienen respuesta.

Del total de cartas echadas por la bruja blanca sobre el paño rojo, me quedo con una: la primera, la del Amor Universal. Sí, soy un romántico igual a don Mariano N. Ruiz, quien en su memorable libro Nueva Teoría Cósmica, y su aplicación a las Ciencias Naturales (regalo del entrañable Alejandro Molinari), discrepa con los físicos más renombrados de su época, en el menudo asunto de saber cuál es esa sustancia o materia que evita a los planetas, estrellas, galaxias, nebulosas y demás objetos celestes no colisionen entre sí, caóticos. Materia que hasta el día de hoy radiotelescopios gigantes no logran precisar, así como no lo lograron decenas de científicos brillantes en distintas épocas, pero que don Mariano descubrió. Esa sustancia invisible que mantiene el orden en el Universo... es... El Amor.

Punto.



P.d. ¿Y ustedes qué me recomiendan, para "torear" a esa mujer de magia negra? Sean serios, por favor.

lunes, 22 de enero de 2018

¿Y yo por qué?

No sé si ustedes perciben lo mismo que yo a la hora de escuchar o leer las noticias. No importa el comunicador o el canal, termino siempre con una incomodidad parecida a la culpa. ¿De qué? Del "calentamiento global", de la "contaminación ambiental", de la "inflación", de la "política", de la "economía", y hasta de los "temblores".

Los señores que administran ciudades y naciones nos piden que dejemos de generar basura, de deforestar, de quemar montañas, de usar de manera indiscriminada la energía eléctrica, porque todo eso está derritiendo a los polos, calentando al planeta y provocando que la Tierra tiemble de manera indiscriminada, lo que genera sunamis... y surimis, etcétera.

Las noticias proyectan fotos de fábricas y centrales nucleares emitiendo gases, además de automóviles e incendios. Pienso: "no se compara con el humo de mi anafre (que prendo seis veces al año), cuando aso cebollas, chiles, tomates y carne". De la basura ni qué decir. Esas mismas fábricas producen envases que van a parar, por ejemplo, al Río Grande del Cañon del Sumidero.

Agudos economistas sostienen que se fabrican productos a bajo costo para que casi todos nosotros podamos adquirirlos (?), aumentando así nuestro "poder adquisitivo" (y pensemos que no estamos tan jodidos). Producen plástico por millones para millones y son arrojados a la calle por millones mal educados, inconcientes y obtusos (nosotros), que ejercen su pequeño poder al adquirir un producto barato y chafa (en mi barrio la basura ya es parte del paisaje, arrojada a la calle sin pudor alguno por el poder adquisitivo).

Mi madre reciclaba utensilios y recipientes, entre otras cosas, y los reusaba. Yo aprendí de manera "natural" a hacer lo mismo. En esa época comprar desechables era un lujo. Los recipientes eran de vidrio o metal, casi no había plástico, salvo honrosas excepciones. Por consecuencia la basura era menos. Además, las cosas se usaban hasta quedar "para la basura" (en esa época los pepenadores del barrio nos hubieran odiado, y si lo pienso un poco, antes había cacharreros y ropavejeros; no más), y el humo del fogón no se compara con el humo de una fábrica o de una central nuclear.

De niño usé y reusé muchas cosas, y de esas recuerdo con cariño y furia unos zapatos de nombre PUNK, de calzado CANADA. Eran rústicos, negros, de cuero grueso y agujetas, con la suela (imagino) de orígen extraterrestre, ¡porque no se desgastaba nunca! (si se despegaba, el zapatero lo cosía y voalá, se volvían literalmente eternos). Los usaba igual en fiestas que para un partido de fucho en tierra, grava o pavimento, excursiones a la Cueva del Tigre y en la escuela; es decir, eran los verdaderos "todo terreno", y cuando se descarapelaban se les daba una boleada, y listos de nuevo. Me los compraban un número más grande (o dos) y después de unos años los dejaba, no porque se hubieran acabado, sino porque me apretaban. Esos ejemplares eran entonces heredados a un familiar o vecino, o ropavejero (¿Dónde andarán mis PUNK, despues de casi cuarenta años?).

Lo más pedorro de los PUNK eran sus "túneles" en la suela, siete para ser exactos (¿era por cábala... o magia?... ¿por eso duraban un chingo?), ni los Air Jordan se comparan con esa pinchi tecnología ochentera. Pero lo más chido era su peso, de medio kilo el par (no exagero), y a la hora de ponerte a los chingadazos con quien fuera, si no traía unos PUNK y tú sí, era una ventaja decisiva.

Cuando llegaba a casa y me quitaba los "todo terreno" sentía los pies ligeros. Flotaba sobre mis chanclas "pata de gallo" (calzaleta, obvi). ¿Que si me apestaban las patas? Sí, a quién no se le apestaban despues de años de uso diario y a cualquier hora. No había talco ni jabon que quitara ese olor a PUNK, tan entrañable.

En suma: no es usted ni yo, es "el progreso" quién genera la basura, la contaminación, el calentamiento global, la economía y la política que nos habita (de los temblores no estoy tan seguro). Casi todo es desechable... hasta nosotros. Mi querido maestro Emilio opinaba (en una huelga de recolectores de basura en Tuxtla de los Conejos) que si el problema en la ciudad era la basura amontonada en colonias y barrios, dejáramos entonces de generar basura. ¿Y cómo? Dejando de consumir basura (¡tómala!). Eso ha resultado imposible, ¿por qué? ¡Porque tenemos el Poder! Pero no se emocionen, no es ese "poder", sino el otro, el adquisitivo, el de consumo... aunque sea de basura.

viernes, 12 de enero de 2018

Leer (comprender y escribir) el mundo


En estos días el tiempo del mundo me recibe con un triángulo de cuerdas y canciones, y me hace recordar ese ineludible andar hacia mi catafalco personalísimo. Pronto lo olvido, cuando descubro lo duradero que resulta leer el mundo, en comprender la pirámide sobre la que se construye la geometría del Universo, en escribir, desde la minúscula tríade proto-neutro-electrón atómica, el discurso errante, aglutinante y expansivo que deriva en la elocuencia trivial: Gramática de la existencia, conmovida retórica y combativa dialéctica.

En estos días el tiempo del mundo me recibe así, tridimensional, geométrico. ¡Basta de Cuentos!, grito desde una voz antigua y cercana. Resuena el triángulo de cuerdas y canciones mientras (por enésima vez) me dispongo a robar el fuego. ¿Quién se atreve a decir que no es posible? ¿Quién, a decir, que no nos pertenece?

En estos días el tiempo del mundo me recibe con los colores del maíz y me redescubre una herencia milenaria, el nicho desde donde partiré hasta el cósmico horizonte. Y me enseña también que la mecánica celeste es igual a la mecánica de la lectura, de la escritura y del pensamiento.

En estos días el tiempo del mundo me reclama y me dice que quien lo escuche, lo lea, le hable y le escriba mejor, se permitirá crecer al pensarlo, saberlo, descubrirlo, conocerlo, explorarlo e imaginarlo mejor. Porque esa posibilidad es de todos. Porque esa posibilidad no es elitista, aunque algunos (los que se creen dueños del fuego) insistan lo contrario.

En estos días el tiempo del mundo me recuerda que esto no es nuevo, que lo ha dicho siempre, desde que la luz y la oscuridad eclipsan esferas planetarias y satélites. Que he sido corto de vista y de entendederas es mi problema, pero hasta en el silencio se puede leer, comprender y escribir el mundo, y podemos ser escuchados y vistos.

En estos días el tiempo del mundo me anuncia que Nunca es Siempre, pero también A veces. Que leer el mundo no es una moda, ni un lujo ni una obligación, sino un derecho de Todos. Que un mundo (el tuyo, el mío, el nuestros) desarrollado no significa un mundo más culto.

En estos días el tiempo del mundo me dice que si lo leemos con atención, lo comprendemos y lo escribimos con imágenes, voces y palabras verdaderas, tendremos la posibilidad de ser, de estar y de actuar en el mundo... el tuyo, el mío, el de otros.

En estos días el tiempo del mundo me advierte que el futuro no se halla en el futuro ni en el presente, sino en el pasado, y me dice que la miseria y la democracia no son compatibles, y que el fatalismo y el determinismo que restringen la libertad de pensamiento y la libertad de elegir, no impide imaginarnos dignos, valiosos y autónomos.

En estos días el tiempo del mundo me dice que aún hay tiempo…y espacio. Que cabemos todos. Que la exclusión y la injusticia no es desarrollo. Que leer, comprender y escribir el mundo debe de ser una necesidad propia, que debemos de considerarla ineludible y benéfica para todos... por mejores mundos.