lunes, 13 de marzo de 2017
¿Intenso o clásico?...
... pregunta la morenaza sin quitar la vista de la pantalla. Dudo unos segundos, adormilado. La morena pregunta de nuevo, pero ahora mirándome con seriedad. ¿Qué contestarle a una chica de veintitantos años, en día lunes y a la hora prima?… ¿Intenso?... Sí, quizá mucho más cuando tenía su edad, nada extraordinario o sobrenatural, más bien fuerte, vehemente, agudo, apasionado... penetrante. A los veintitantos años volaba, era yo un todo terreno. No estaba enterado de mi astigmatismo y miopía, menos de ser el feliz poseedor de un par de pies planos (piso parejo, lo acepto…¿y?) que tanto ofendieron al militar encargado de los nuevos reclutas para el servicio militar nacional. Porque según lo dicho por ese soldado, mis pies eran inútiles para servir a la patria.
Él ignoraba que yo poseía (y aún poseo) dos pies planos con mucha flexibilidad en las articulaciones, lo que me permitía correr los cien metros planos en diez segundos, jugar futbol, basquet, voley, fucho americano; caminar desde mi casa hasta el Estadio Zoque, entrenar y después volver caminando la misma ruta. ¿Era yo intenso? ¡Abuelita de Batman! ¿A la patria le basta con soldados de arco plantar normales? Lo dudo.
Era yo un todo terreno, no miento, incluso muchas veces realicé mis rutinas plantares crudo, medio crudo o bolo, aumentando el grado de dificultad considerablemente. Es más, en una ocasión caminé desde Plan Chiapas hasta Terán, haciéndome acreedor al segundo lugar de la ruta IronBoloMan, porque mi carnalito Fede se quedó con el primero, al caminar más de trece kilómetros (un kilómetro más que yo) hasta San Jochis. Acá usted dirá: “¡Ay sí, ay sí, esa distancia la camina cualquiera!”. El caso fue que ambos recorrimos esa distancia con botas de tacón cubano, pasando de la bolera a la cruda en directo y sin escalas. ¡A ver, maten esa!
Ahora bien, la otra pregunta seguía en el aire: ¿Clásico?... Quizá. No grecorromano pero sí tradicional, armonioso, equilibrado... académico. A mis cuarenta y tantos no me considero ni joven ni viejo, sino experto. ¿Experto en qué?, se preguntará usted, y esto es algo de verdad difícil de explicar. Lo diré llanamente: Soy experto donde antes era inexperto, punto. Si debo de usar alguna analogía, diría me sucede lo que a Neo en Matrix. De a poco cierro los ojos y comienzo a ver. Me tapo los oídos y comienzo a escuchar. Cierro la boca y hablo (y me escuchan). Y si me pregunta usted si esquivo las balas que me disparan, le respondo que sí; y a veces hasta las detengo por completo, y las hago caer cual cacahuates piñateros. Es la verdad... digo... qué gano con mentir. Acá mi amigo, compadre y doctor Harrison dirá que solo me hago pendejo, y así qué chiste. Usted puede pensar lo mismo, pero si lo analiza unos minutos verá que no es algo baladí.*
“El siguiente por favor”, escucho decir a la morenaza, encabronada. Pero yo qué puedo hacer, si estoy en una pinche disyuntiva canija que me tiene agarrotado. Quiero decirle “intenso” porque aún lo soy, pero también “clásico”, aunque ni lo uno ni lo otro le importa a la joven cajera, porque se refiere al café, bebida por cierto bastante chafa, que me hizo merecedor de una crítica aguda por parte de mi estimada Aurora Oliva. No tengo más argumento que el de despertarme en minutos, además de poner mi presión arterial en niveles catastróficos para un corazón promedio y ordinario, pero no para un corazón como el mío, intensamente clásico, o clásicamente intenso (le acabé confesando a Aurora que tal vez me acostumbré al pipí de esa tienda, porque en otras de la misma franquicia el café no sabe igual).
No tuve otra opción que caminar hasta el último lugar de la fila mientras le dada sorbos al café para reactivarme. Con la cafeína inundando mi torrente sanguíneo pensé que, de haber bebido antes unos cuantos tragos, habría resuelto ese dilema con clase, con experiencia, y con un nivel de intensidad casi olímpica… de verdad… ¿qué gano con mentir?
*Baladí: ¡Uta malle, me la jalé! ¡No usaba esta palabra desde hace mucho! (no confundir con Bacardí) ¡Estoy intenso! Consultaré con algún influencer o millennials, o con algún dreamer; o ya de perdis con la redacción del Carruaje Web, para ver si no estoy usando una palabra que igual y hasta es posmo: “El sujeto clásico e intenso, es una deconstrucción baladí de metanarrativas transhistóricas”. ¡Ora perro!
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